Cerrar la brecha digital, evitar el desastre


La digitalización de España, ya de por sí urgente antes de la pandemia, debe acelerarse. El objetivo: no dejar a nadie fuera y reanimar la economía

¿Resistirá Internet? La pregunta, formulada el pasado 28 de febrero en la página de la Internet Society (ISOC) —la principal organización sin ánimo de lucro dedicada al desarrollo global de la Red—, sembraba una inquietud más en el inquietante panorama que vivía el planeta. Aunque faltaban 13 días para que la OMS declarara la pandemia, ya se atisbaba que la enfermedad podía obligar al mundo a confinarse y a trasladar gran parte de la actividad a espacios virtuales. En medio de la mayor crisis sanitaria en un siglo, la Red creada para sobrevivir a una guerra nuclear afrontaba su particular desafío ante el virus microscópico.

Internet, tal y como vaticinaba la ISOC, resistió. En España, con nota: la red de fibra óptica más extensa de Europa aguantó un brutal aumento de consumo, con picos de hasta el 80%. Pero quedaron al desnudo múltiples carencias. Muchas empresas no pudieron seguir operando en remoto. Al menos el 10% de los niños quedaron desconectados del sistema educativo. Y la avalancha de trámites online probó que la Administración estaba lejos de ser plenamente electrónica.

La crisis sanitaria ha provocado así una digitalización a la fuerza en un mundo que ya antes giraba a gran velocidad. Es una emergencia sobre otra emergencia, pero, bien encauzada, puede servir para apuntalar una economía que caerá, según las previsiones oficiales, el 11% este año. Con ese propósito, el Gobierno ha presentado en tres meses dos grandes planes superpuestos: la Agenda España Digital 2025 y el Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia, regados con 140.000 millones del fondo de recuperación europeo. Los expertos coinciden en que estas iniciativas pueden contribuir a sacar al país del agujero y, superada la coyuntura, son una oportunidad —"quizá la última", apostilla el profesor de Esade Xavier Ferràs— para meter a España en la avanzadilla de los países más innovadores.

La digitalización no forma parte de la pelea política y cuenta con la complicidad de las grandes empresas, y por ello es más fácil hacer planes consensuados a largo plazo. Pero para que los altisonantes titulares sobre inversiones millonarias tengan efecto sobre la economía real hay que afinar dos detalles. En primer lugar, elegir muy bien los proyectos en los que se invierte, para no desperdiciar los fondos europeos. Y, en segundo lugar, desarrollar una accountability, una evaluación de su ejecución. “O creamos unos seguimientos de monitorización y de evaluación de resultados, o no iremos a ningún sitio”, sentencia el consultor de estrategia digital Borja Adsuara.



1. Múltiples brechas

El 17 de julio, el informático y diseñador web Ángel Mejía tuiteaba una foto de sí mismo trabajando junto a un coche aparcado en pleno campo de la provincia de Guadalajara. “Teletrabajando en la España vaciada. En El Pedregal no tenemos ni cobertura para llamar, por lo que me voy hacia la antena de Aragón. El entorno es inmejorable, las condiciones, lamentables”.

No era un caso aislado. La pandemia había impulsado el teletrabajo y miles de españoles lo aprovecharon para trasladarse al pueblo. Muchos tuvieron que desistir por problemas de conexión. En España, la Ley General de Telecomunicaciones de 2014 fija un servicio universal que garantiza conexión a Internet a 1 MB por se­gundo. Pero esa velocidad se ha quedado anticuada para permitir un trabajo sofisticado o para ver Netflix.

El compromiso del Gobierno en su Agenda Digital de ofrecer conexión de 100 MB para el 100% de la población en 2025 y el todavía incipiente despliegue del 5G son fundamentales para la vertebración del país. De cumplirse podría dar un vuelco a problemas como la despoblación o el precio de la vivienda.



Pero brechas digitales hay varias. Y, con la fortaleza de España en infraestructuras digitales, quizá la que existe entre el campo y la ciudad no sea la más difícil de cerrar. Hay una brecha de edad: uno de cada dos mayores carece de habilidades digitales. También, una brecha de género. Y una socioeconómica —la pandemia complicó la escolarización de cientos de miles de niños que no disponían de dispositivos ni conexión—, aunque conviene no reducir el problema a una cuestión de equipamientos. Si así fuera, sería fácil y barato de arreglar, asegura Ainara Zubillaga, directora de Educación de la Fundación Cotec. “El problema es cultural, y hay que tener una mirada más larga para resolverlo


2. Administración no tan electrónica

La Agencia Tributaria o la Dirección General de Tráfico —que utilizan incluso inteligencia artificial— se han convertido en referencia. España ocupa el segundo puesto en la UE en materia de servicios públicos digitales, según el Índice de la Economía y Sociedad Digitales (DESI) que se publica anualmente, solo por detrás de Estonia. Los datos de la UE parecen apabullantes: el 82% de los internautas participa activamente en los servicios de Administración electrónica, seis puntos más que el año anterior; más del 98% de los servicios están listos para ser digitales y España es un ejemplo a seguir por las grandes economías de la UE. E incluso, subraya Bruselas, podría mejorar si logra un consenso entre Administraciones públicas para desarrollar una infraestructura interoperable y digital por defecto.

Con todos estos datos nos hacemos trampas al solitario, opina el consultor de Estrategia Digital Borja Adsuara. Hay un problema de entrada, la identificación: el DNI electrónico nunca ha funcionado. “Estamos entre los mejores por el número de procedimientos digitalizados, pero muchos de ellos nadie los usa”. Rafael Domenech, responsable de Análisis Económico de BBVA Research, cree que es crucial, una vez aprobado el ingreso mínimo vital, crear una tarjeta social digital para que las Administraciones descarguen en ella la información de todas las ayudas. “Es el uso más eficiente de los impuestos de los contribuyentes y lo más justo para los beneficiarios, al identificar mejor a los que más lo necesitan”, señala.

Mientras no haya una automatización de procedimientos estaremos digitalizados a cachos”, sostiene Adsuara. “Todo el procedimiento administrativo debería estar pintado en un diagrama de flujos, totalmente automatizado”. ¿Y qué papel le quedaría al ser humano? “Supervisar y atender. El ciudadano necesita a alguien que le escuche. Sin intervención humana habría muchas decisiones injustas”.

3. Déficit de habilidades

Los indicadores de la UE señalan que el punto más débil de la digitalización en España es el capital humano. En el informe DESI es el parámetro en el que ocupamos peor posición: los decimosextos, de 27 países. El 43% de los españoles de entre 16 y 74 años carecen de competencias digitales básicas, un punto menos que en el conjunto de Europa. El porcentaje de especialistas en Tecnologías de la Información es del 3,2%, frente al 3,9% de media. No son diferencias abismales, pero el asunto es crucial. “Adaptar el capital humano a las nuevas necesidades es la verdadera riqueza de las naciones, sobre todo ante este reto”, sentencia Domenech, de BBVA Research.

El desarrollo de esas habilidades prepara a los trabajadores para puestos demandados y los dota de una flexibilidad vital para el futuro. Que un tercio de los españoles sean ya nativos digitales no es garantía de que sus destrezas estén bien aprovechadas. “A esos jóvenes que dedican sus habilidades al ocio habría que reconvertirlos para el negocio”, señala el consultor Borja Adsuara. “Están preparados para TikTok, pero habría que darles cursos de marketing digital, orientarlos hacia profesiones que demandan la empresas”.

El plan de recuperación del Gobierno señala la educación, la formación continuada y el desarrollo de capacidades como una de las diez políticas clave y les asigna un 17,6% de los fondos destinados a este fin en los próximos tres años, unos 85.000 millones de euros. ¿Debe incorporarse una asignatura de tecnología en la escuela? Para Zubillaga, de la Fundación Cotec, lo mejor es que estos conocimientos estén integrados en la enseñanza, que los alumnos interioricen la tecnología como algo transversal a todo lo que se hace, pero que no sea una materia separada del resto.

4. Modernizar la pequeña empresa

El informe DESI sitúa a España en el puesto 13º de la UE en integración digital de las empresas, prácticamente en la media. Las grandes y medianas compañías españolas están razonablemente digitalizadas, pero el problema está sobre todo en los autónomos al frente de pymes sin asalariados y en las pequeñas, que en conjunto constituyen casi el 95% del total.

Otras cifras también contribuyen a distorsionar la foto real. El comercio electrónico creció en España más del 11% respecto a 2019 en el primer trimestre del año, ya antes del confinamiento, según la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia. Pero las conclusiones son mucho menos optimistas si consideramos que el 60% de dichas transacciones se realizaron en webs extranjeras.

En el plan de recuperación del Gobierno se habla de impulsar a las pequeñas y medianas empresas mediante un plan de digitalización y reforma de instrumentos de financiación. Pero la digitalización de la micropyme, golpeada por la competencia de Amazon o AliExpress, es muy complicada. Necesitan la ayuda de plataformas de comercio electrónico que les den todo hecho, explica Borja Adsuara. El efecto de esa modernización podría tener un efecto paradójico: salvar el comercio tradicional. “La digitalización es fundamental para que no desaparezcan las tiendas y, con ellas, la vida de los barrios”, concluye Adsuara.

5. Una ridícula inversión en I+D

Con todo, España no está tan mal en el uso de la tecnología. Más grave es que no la generamos. La inversión en Investigación y Desarrollo (I+D), pública y privada, se sitúa en el 1,24% del PIB, estancada desde hace dos décadas y muy lejos del 3% que se fijó para 2020 la cumbre de Lisboa de 2000. El desafío trasciende lo nacional. Europa necesita competir contra gigantes como China, que invierten 100.000 millones en inteligencia artificial, 30 veces más que los 3.000 millones de Alemania, uno de los pocos países que sí cumple con Lisboa. O con EE UU, donde el discurso neoliberal choca con una realidad de enormes proyectos financiados con dinero público, como las misiones espaciales.

Para agravar el problema, en los presupuestos de 2018, los últimos aprobados, se pintaron 6.000 millones para I+D, pero solo se ejecutaron la mitad. ¿Por qué no se gastan? Por complejidad burocrática y porque se dan en forma de crédito, cuando la innovación disruptiva es de mucho riesgo y serían mejor ayudas directas, apunta Xavier Ferràs, de Esade. “Hay proyectos estratégicos que deben ser impulsados por las administraciones: si alguien está tratando de desarrollar la vacuna contra la covid-19 y le ofreces un dinero con la condición de que lo devuelva, es probable que no lo pida y se dedique a otra cosa”, explica.

Del éxito o fracaso en este desafío dependerá que España juegue en la primera o en la segunda división de las economías. ¿Cómo gestionarlo de la forma correcta? “La lógica política te lleva a aprobar muchos proyectos pequeños, porque contentas a todos. Pero es mejor aprobar unos pocos proyectos grandes, de impacto económico, que generen empleo de calidad y que el mercado no pueda generar por sí mismo”, considera Ferràs. Además, teniendo en cuenta que Bruselas controla hasta la factura del último cartucho de impresora, “la selección de unos pocos proyectos facilita que puedan ser auditados a fondo”.

Conclusiones

1

La pandemia ha acelerado el imparable proceso de digitalización y ha desnudado nuestras carencias y fortalezas.

2

España destaca por la fortaleza de sus infraestructuras y en los índices europeos puntúa alto, aunque la letra pequeña obliga a hacer muchas matizaciones en la digitalización de la Administración pública.

3

El confinamiento ha puesto en evidencia varias brechas en el ámbito digital. La territorial es de la que más se habla, pero también las hay en el ámbito educativo, en el de las habilidades en general, e incluso hay una brecha de género.

4

Los puntos más débiles son nuestras habilidades digitales y la escasa digitalización de la pequeña empresa, que se ve amenazada además por la actividad de enormes compañías que dominan el comercio electrónico.


La inversión en I+D resulta ridícula comparada con la de otros países de nuestro entorno. España se juega en esa partida meterse en la avanzadilla de las naciones punteras o quedar relegada a ser una economía de segunda.

Recomendaciones

1

Auditoría

Asegurarse de que se cumplan los objetivos.

2

Selección rigurosa

Evitar que se desperdicien los fondos europeos.

3

Igualdad

Evitar que la digitalización aumente las desigualdades y exclusiones de ciudadanos.

4

Capital humano

Educar para las nuevas necesidades digitales y actualizar el currículo educativo.

5

Regulación europea

Con un mercado fraccionado es difícil competir.

6

Administración electrónica

Mejorar su funcionamiento y crear una tarjeta social digital.

7

Plataformas

Elaborar una nueva legislación para las nuevas formas de trabajo, siguiendo las mejores prácticas de otros países.

8

Divulgación

Evitar la desconfianza de los ciudadanos en la innovación.

















 

 

Estados Unidos:
al borde del abismo

A pocos días de unas elecciones cruciales, el mundo intelectual observa el futuro con inquietud. La lucha de las minorías, la cultura de la cancelación y el peligro de la autocracia centran el debate

‘Untitled’ (2018), óleo sobre lienzo del artista rumano Adrian Ghenie © A. Ghenie / CORTESÍA Galerie Thaddaeus Ropac

Es agotador vivir aquí. Somos una nación desconcertada, peleada y medio loca. Estados Unidos es una mezcla terrorífica de reality show televisivo, república bananera y Estado fallido. En solo cuatro años hemos perdido de vista todo: el Estado de derecho, un mínimo sentido de la decencia, la verdad y la fe en el Gobierno y la gobernanza nacional. Mientras escribo estas líneas, el presidente de Estados Unidos baila sobre un escenario al ritmo de la música de Village People, en un auditorio abarrotado y en medio de una pandemia que ha matado a 215.000 estadounidenses y seguramente va a matar a algunos de los asistentes.

Nuestro presidente está clínicamente loco. Lo sabe el mundo, lo sabe el Partido Republicano y lo saben hasta sus seguidores. Además ha cometido docenas de delitos y actos merecedores de la destitución estando en el poder, y lo único que le salva es que son tantos que nadie logra centrarse en uno solo. Hace unas semanas, un lunes, nos enteramos de que no había pagado impuestos en 10 de los últimos 15 años. Al día siguiente, durante un debate con Joe Biden, dijo a los miembros de las milicias supremacistas que “se retirasen y se mantuvieran a la espera”; a la espera de una guerra civil. Hacia el final de esa semana supimos que les habían diagnosticado la covid-19 a él y a otras 32 personas del personal de la Casa Blanca.

'Flags I, 1973'. Esta obra puede disfrutarse en la actualidad en la exposición de Caixaforum Madrid 'El sueño americano. Del pop a la actualidad'.
'Flags I, 1973'. Esta obra puede disfrutarse en la actualidad en la exposición de Caixaforum Madrid 'El sueño americano. Del pop a la actualidad'.

Hemos tenido 200 semanas así, unas semanas que parecen años, que habrían acabado con cualquier otra presidencia. Estamos hartos de este circo.

Los republicanos se consideran conservadores, pero los años de Trump han sido los más radicales y radicalizadores de la historia moderna de Estados Unidos. Trump y su Gobierno son erráticos, irracionales y reaccionarios y están dispuestos a hacer pedazos cualquier parte de la Constitución que sea un obstáculo para obtener sus caprichos. El lema de Ronald Reagan era que el Gobierno debía ser eficiente pero pequeño, nada entrometido, casi invisible. Pues bien, en estos cuatro años hemos tenido que lidiar a diario con el Gobierno que más se ha inmiscuido en nuestras vidas de toda la historia de nuestro país. Trump está cada día en nuestras narices, contando mentiras y fomentando la discordia y el odio, y lo peor de todo es que su incompetencia absorbe constantemente nuestra atención. Su presidencia es un accidente de automóvil del que llevamos cuatro años sin poder apartar la vista.

Mitin de Donald Trump en Charlotte, en Carolina del Norte.
Mitin de Donald Trump en Charlotte, en Carolina del Norte. MAGNUM PHOTOS / CONTACTO

El año pasado, mi familia y yo necesitábamos un respiro del caos interminable de la vida en Estados Unidos y nos fuimos a España. A las islas Canarias. Durante tres meses vivimos en La Garita, Gran Canaria; una comunidad de lo más discreta a orillas del océano y alejada de los turistas. Nuestros hijos fueron al colegio allí y todos vivimos una vida totalmente distinta y llena de cordura. La policía no disparaba contra la gente normal en la calle. El presidente no empujaba a sus partidarios a rebelarse contra el Gobierno que se suponía que dirigía él. Cuando necesitábamos asistencia médica, la teníamos y prácticamente gratis.

Y no teníamos que pensar en Trump. Figuraba pocas veces en los informativos locales, en los periódicos locales y en nuestro pensamiento. Hasta el intento de destituirle. Aunque Trump ha cometido un centenar de delitos que son causa de destitución, el Congreso por fin escogió uno concreto, celebró las sesiones correspondientes y ocurrió lo que esperábamos: se inició el proceso de impeachment, pero él permaneció en su puesto. No sé para qué vimos las sesiones en La Garita. Sabíamos que no iba a cambiar nada, y así fue. Cuando Nixon cometió sus delitos, los republicanos y los demócratas estuvieron de acuerdo en que había profanado el cargo de presidente y debía marcharse. Pero ese consenso de los dos partidos sobre el honor y la decencia ha desaparecido. Los republicanos han sido espectadores silenciosos mientras Trump convertía nuestro país en un hazmerreír cleptocrático.

Demi Lovato, en una actuación en los premios Billboard de la música, en Los Ángeles, el pasado octubre.
Demi Lovato, en una actuación en los premios Billboard de la música, en Los Ángeles, el pasado octubre. REUTERS / NBC

Poco después de que volviéramos a California estalló la epidemia de coronavirus y los peores temores que todos teníamos sobre Trump se hicieron realidad. Hasta la covid-19, sus partidarios podían alegar la fuerza de la economía como prueba de que estaba justificado elegir a un promotor de campos de golf. Pero gobernar significa afrontar racionalmente y con seriedad las crisis, y Trump ha demostrado que un narcisista lunático que desdeña la ciencia, que no puede concebir el sufrimiento de ninguna otra persona que no sea él mismo, es incapaz de dirigir un país en un periodo histórico difícil. El coronavirus no fue real hasta que él lo contrajo; y como no ha muerto, desprecia las vidas de los que sí han fallecido. No se le ha oído decirlo, pero podemos estar seguros de que considera que los difuntos, como los soldados estadounidenses que murieron en acto de servicio, son unos “fracasados” y unos “pringados”.

Hace unos años informé sobre un mitin de Trump en Phoenix, Arizona. Como anticipo de su reacción autoritaria frente a las protestas de Black Lives Matter, la policía de Phoenix, al acabar la concentración, arrojó gas lacrimógeno contra miles de manifestantes (entre los que me encontraba yo). No hubo ninguna provocación, ninguna advertencia. Estábamos de pie pacíficamente detrás de una barricada y, un instante después, empezamos a ahogarnos por culpa de un gas amarillo prohibido por la ONU incluso como arma de guerra. Al día siguiente entrevisté al senador Jeff Flake, uno de los pocos republicanos de las dos Cámaras del Congreso que se había opuesto a Trump y que, por su deslealtad, se vio obligado a retirarse del Senado. “Es una especie de fiebre”, dijo a propósito del trumpismo. “Pero un día, la fiebre bajará”.

Dos mujeres negras levantan el puño ante un mural de George Floyd en Minneapolis, el pasado octubre.
Dos mujeres negras levantan el puño ante un mural de George Floyd en Minneapolis, el pasado octubre. Getty Images/ AFP

Gran parte del resto del mundo, y por supuesto España, ha tenido históricamente relación en mayor o menor medida con el autoritarismo. Pero Estados Unidos —y esto es importante destacarlo— nunca ha tenido un presidente autoritario. Incluso los presidentes que procedían de las fuerzas armadas, como Ulysses S. Grant y Dwight D. Eisenhower, han sido muchas veces los que más criticaban y desconfiaban de todo lo militar y del peligro de politizarlo. En general, los más peligrosos han sido los diletantes como George W. Bush y ahora Trump. Este último ha utilizado el ejército, la Guardia Nacional, la policía local e incluso a agentes federales de paisano para intimidar a los manifestantes. “Fuerza aplastante. Dominio”, tuiteó el 2 de junio sobre la represión de las protestas en Washington, la noche después de que hubiera ordenado dispersar con violencia a los manifestantes para poder posar con una Biblia en la mano.

Estos horrores no han disminuido el apoyo que le prestan sus fieles seguidores. En la mayoría de las democracias liberales —espero—, esas tácticas despóticas significarían el final de su presidencia. Pero lo que ha puesto de manifiesto el mandato de Trump es que, en realidad, muchos estadounidenses no están comprometidos con la democracia. Están entregados a mantener el orden y el statu quo. Después de la elección de Trump, los sociólogos descubrieron que el principal rasgo que compartían sus partidarios no era la afición al maquillaje anaranjado y el tinte de pelo amarillo, sino el gusto por el autoritarismo. Preferían a un líder fuerte y autocrático antes que el proceso de construcción de consensos, a menudo lento y caótico, inherente a la democracia. Preferían la sencillez, la rigidez y la obediencia. Hasta que llegó a la presidencia, nunca habría dicho algo así, pero ahora estoy seguro de que al menos la cuarta parte de nuestro país preferiría una autocracia trumpiana permanente que una verdadera democracia.

Un cartel en recuerdo de George Floyd en Minneapolis.
Un cartel en recuerdo de George Floyd en Minneapolis. Getty Images / AFP

Hay mucho trabajo por delante, empezando por la educación. Son demasiados los estadounidenses que, en realidad, no comprenden la democracia ni la seriedad del arte de gobernar. Desde hace décadas hemos mezclado tanto la fama y la política que la mayoría de la gente no distingue entre las dos cosas. En el primer mitin de Trump al que asistí, en plena campaña, en un aeropuerto de Sacramento, los asistentes se quedaron deslumbrados al ver llegar al personaje de los reality shows en su avión privado. Se rieron de sus chistes y le hicieron fotos con su gorra roja. No hubo nada remotamente parecido a una discusión seria sobre temas importantes o sobre la Administración. Más bien, se dedicó a hablar mucho rato sobre uno de sus campos de golf.

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No tiene nada de malo que la gente vaya a un aeropuerto a ver a un personaje de televisión. Pero votar para que él dirija el país es señal de que no sabemos lo que es gobernar y de que no nos tomamos en serio a nosotros mismos, nuestra nación ni nuestra historia. Y ese es un fracaso del que somos responsables todos como padres, educadores y ciudadanos. Ya seamos republicanos o demócratas, debemos considerar la labor del Gobierno como algo noble y sagrado. Debemos recuperar el sentido de que todas las tareas de gobierno, sean grandes o pequeñas, deben llevarse a cabo con dignidad y sobriedad, que los líderes que elegimos deben ser los mejores, los más razonables, los de carácter más estable.

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En las elecciones de 2016, Hillary Clinton obtuvo los mejores resultados en las partes de Estados Unidos con más nivel educativo. De los 50 condados con más nivel, venció en 48. A la inversa, Trump tuvo los mejores resultados en las zonas con el nivel educativo más bajo. De los 50 condados con menor nivel, ganó en 42. Así que tenemos mucho que hacer. No necesitamos un Gobierno elitista, pero sí que sea competente, utilice la razón y respete la ciencia. Que en 2020 tengamos que recordar los principios de la Ilustración es trágico, pero así estamos. Que Estados Unidos acabe de obtener cinco premios Nobel más la semana pasada, mientras nuestro presidente rechaza el conocimiento científico, ¿qué es? ¿Tragedia o ironía?

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Hablando de ciencia: el cambio climático ha hecho que en California, en los últimos cinco años, los incendios descontrolados se hayan convertido en parte permanente de nuestras vidas. Como el Estado se ha vuelto cada vez más seco y caluroso, cada otoño trae consigo nuevos incendios; este año se han quemado ya más de 12.000 kilómetros cuadrados. Para millones de residentes en las zonas más afectadas se ha vuelto esencial tener lista una bolsa de viaje, la maleta con artículos de primera necesidad que cada familia californiana debe tener a mano por si nos evacúan de un momento para otro. El 27 de septiembre estaba visitando a unos amigos en St. Helena, a una hora al norte de San Francisco, cuando estalló un incendio en el que acabaron ardiendo más de 240 kilómetros cuadrados. Les ayudé a meter sus cosas en el coche y se fueron mientras veíamos arder las llamas sobre un promontorio cercano.

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Pero existe otro tipo de bolsa de viaje para millones de estadounidenses, que es la mochila con la que cargaremos si Trump vuelve a ganar. Su victoria querrá decir que Estados Unidos ha desaparecido. Que nos hemos rendido. Que nada significa ya nada y que hemos preferido ser una idiocracia sin civilizar.

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Muchos se irán a Canadá, una versión más fría pero más sensata de Estados Unidos. Muchos amigos nuestros están estudiando las leyes de inmigración de Nueva Zelanda y Australia. En nuestra familia estamos pensando volver a La Garita. Conocemos los colegios, nos sabemos los menús de todos los restaurantes locales, estamos familiarizados con el Alcampo de Telde y conocemos también el apacible paseo marítimo por el que caminábamos como seres civilizados en una sociedad racional. Qué sensación tan buena.

Dave Eggers es escritor estadounidense. Dirige la editorial McSweeney’s, la revista literaria del mismo nombre y la organización no gubernamental 826 Valencia.